Tsunami azul pone en jaque a la Casa Blanca

Trump prometió poner a EU primero, pero las elecciones mostraron que millones de estadounidenses dejaron de sentirse una prioridad para su Gobierno

Por: Héctor Manjarrez Rubalcava

El presidente Trump prometió poner a Estados Unidos primero, pero las elecciones intermedias mostraron que millones de estadounidenses dejaron de sentirse una prioridad para su Gobierno, mientras el costo de vivir y las consecuencias de sus decisiones fueron debilitando la confianza que lo llevó nuevamente al poder.

La recuperación demócrata de ambas cámaras del Congreso, acompañada de victorias en bastiones republicanos, representa un castigo que rebasa el desgaste habitual de una presidencia en una elección intermedia, porque alcanzó territorios y sectores cuyo respaldo parecía asegurado.

Para comprender este resultado, estimado lector, conviene detenerse en tres fenómenos. El primero es el voto de castigo de sectores clave; el segundo, la capacidad demócrata para convertir distintos descontentos en una narrativa común, y el tercero, la incertidumbre que abre un poder dividido entre una Casa Blanca que conserva importantes facultades y un Congreso dispuesto a ejercerlas como contrapeso.

Respecto al primero, el avance demócrata en comunidades rurales históricamente afines a los republicanos permite interpretar que, en estados como Iowa, Carolina del Sur, Mississippi y Kansas, los aranceles y el costo del combustible contribuyeron al cambio en las preferencias electorales. Ese desencanto abrió una oportunidad para los demócratas, quienes encontraron electores dispuestos a escucharlos en territorios donde antes acumulaban derrotas.

En ese sentido, mi lectura es que la lealtad republicana comenzó a debilitarse cuando el partido prefirió defender las decisiones del presidente Trump antes que reconocer sus costos para esas comunidades, profundizando la distancia entre el discurso del Gobierno y la realidad de sus votantes.

Sin embargo, ese desplazamiento tampoco garantiza una adhesión permanente al Partido Demócrata, porque su triunfo electoral no necesariamente representa un crecimiento equivalente en su popularidad, sino que también puede expresar el rechazo a quienes gobiernan. Por ello, su verdadero desafío será convertir el voto de castigo que recibió a su favor en confianza para sostener ese respaldo a los años por venir.

El segundo fenómeno de esta elección consiste en cómo los demócratas articularon esas inconformidades. Por ejemplo, en Texas, Gina Hinojosa y James Talarico construyeron campañas alrededor del costo de vida y los cuestionamientos al poder. Y esto, en una narrativa no buscando polarizar sino más bien, reconociendo la fuerza de ambos partidos en la entidad y prometiendo una agenda de trabajo bipartidista.

Con ello, su resultado permite interpretar que los demócratas encontraron una narrativa capaz de conectar perfiles diferentes con preocupaciones compartidas que les permitió pintar azul a Texas después de casi 30 años de no obtener triunfos ahí.

El tercer fenómeno comienza donde termina la celebración demócrata, porque ganar el Congreso también implica asumir responsabilidad por lo que ocurra después. El presidente Trump ya amenazó con vetar legislación que considere inaceptable, aunque también expresó disposición a colaborar.

Si ambas partes convierten cada negociación en una prueba de fuerza, podrían estancarse iniciativas y multiplicarse los conflictos presupuestarios, alimentando la polarización que los resultados electorales difícilmente resolverán por sí solos.

Ante ello, la presidenta Sheinbaum deberá aprovechar los nuevos interlocutores sin asumir que una mayor influencia demócrata facilitará automáticamente las discusiones sobre el T-MEC, migración o seguridad.

México necesita prepararse tanto para una presidencia absorbida por sus disputas internas como para otra que busque recuperar iniciativa mediante la presión exterior. La ciudadanía estadounidense votó para exigir resultados, pero todavía falta saber si Washington responderá con acuerdos o convertirá ese mandato en una nueva disputa por el poder.