El Señor nunca ha dejado de elegir mujeres para mostrar su rostro al mundo
Por: Saúl Portillo Aranguré
MUJERES QUE EL SEÑOR LEVANTAHay algo que siempre me asombra de la historia de la Iglesia; el Señor nunca ha dejado de elegir mujeres para mostrar su rostro al mundo. Las eligió en la mañana de la Resurrección y las ha seguido eligiendo a lo largo de los siglos: Místicas, maestras, fundadoras, madres. Hoy quiero honrar a una de ellas, una monja alemana del siglo XII que se llamaba a sí misma "pobre criatura falta de fuerzas" y a quien, sin embargo, el Papa Benedicto XVI declaró Doctora de la Iglesia, Santa Hildegarda de Bingen.
No es casualidad. Fueron mujeres las primeras en llegar al sepulcro y las primeras en recibir el anuncio de que Cristo vive. Desde entonces, el Señor ha confiado a las mujeres una misión que no depende de cargos ni de títulos, sino de un corazón disponible, y la historia de los santos lo confirma una y otra vez.
UNA NIÑA CON VISIONESNació en 1098 en Bermersheim, cerca de Maguncia, en Alemania; fue la última de diez hijos de una familia de pequeña nobleza. Desde niña tuvo visiones que la acompañarían toda la vida. A los ocho años fue confiada a Jutta de Sponheim, quien dirigía una pequeña comunidad femenina junto al monasterio benedictino de Disibodenberg. Ahí aprendió el Salterio, a leer y a escribir. A los quince años profesó como monja y, cuando Jutta murió en 1136, sus hermanas la eligieron abadesa.
ESCRIBE LO QUE VESPor indicación "de lo Alto", Hildegarda puso por escrito sus visiones. Su confesor, el monje Godofredo, las dio a conocer al abad Kuno, quien consultó al arzobispo de Maguncia; una comisión de teólogos dictaminó que eran de inspiración divina. Entre 1141 y 1151, ayudada por el monje Volmar, escribió su obra principal, el Scivias, que significa "Conoce los caminos que llevan al Señor". Ella misma consultó sus dudas con San Bernardo de Claraval, y el Papa Eugenio III, en el Sínodo de Tréveris (1147-1148), aprobó sus escritos y la animó a continuar.
Fijémonos en esto, la Iglesia la escuchó. Una mujer sin títulos universitarios fue examinada con seriedad y reconocida por obispos, teólogos y papas.
MÚSICA, NATURALEZA Y CARTASHacia 1150 se trasladó con sus monjas a un monasterio propio, en el Rupertsberg, cerca de Bingen, a pesar de la oposición de los monjes de Disibodenberg. Allí compuso más de setenta obras musicales —himnos, antífonas y responsorios— reunidas en la Symphonia armoniae celestium revelationum, además del Ordo virtutum. Se conservan más de trescientas cartas suyas dirigidas a papas, obispos, reyes, emperadores y gente de toda condición.
Una aclaración, sus opiniones sobre las enfermedades y sus remedios son de su tiempo y, en parte, discrepan de la ciencia médica reconocida; cada quien debe ser prudente y consultar siempre a su médico. Lo que sí permanece es su visión del ser humano completo, en cuerpo y alma, en relación con la creación y con el Creador; su "Ora et labora" benedictino, que equilibra trabajo, oración y descanso; y su invitación a cambiar los vicios en actos generosos de amor, que dan alegría espiritual y vitalidad.
PARA CONOCERLA EN SUS ESCRITOSHildegarda fue teóloga, compositora, escritora, predicadora y estudiosa de la naturaleza. Sus tres grandes obras teológicas, el Scivias, el Liber Vitae Meritorum y el Liber Divinorum Operum, nos invitan a contemplar a Dios, las virtudes y la creación. Entre 1151 y 1158 escribió además la Physica y Causae et Curae, sobre la naturaleza y la salud. Hoy su "Arte de Curar" despierta interés en muchos países; hay asociaciones de Amigos de Santa Hildegarda en Alemania e Italia y sus obras ya se leen en español. Mejor que leer sobre ella es leerla a ella.
UNA MUJER QUE PREDICAA los setenta años, cuando muchos buscan descanso, Hildegarda emprendió el cuarto de sus viajes misioneros. Predicó en Maguncia, Tréveris, Metz y Colonia contra la corrupción del clero y contra la herejía de los cátaros. Fue de las poquísimas mujeres, a quien la Iglesia permitió predicar al pueblo y al clero. Murió el 17 de septiembre de 1179, y esa es la fecha de su fiesta.
Lo más hermoso es su humildad. Atribuía todo a Dios; se sentía apenas una pluma ligera que el soplo divino llevaba de un lado a otro. Y precisamente por eso el Señor pudo escribir tanto con ella.
LA CUARTA MUJER DOCTORAOcho siglos después, el Papa Benedicto XVI puso el sello. El 10 de mayo de 2012 la canonizó, confirmando su santidad para toda la Iglesia, y el 7 de octubre de ese mismo año la proclamó Doctora de la Iglesia. "Doctora" significa maestra. La Iglesia entera reconoce que esa santa puede enseñarnos a todos.
Hildegarda es la cuarta mujer con este título. Antes lo recibieron Santa Teresa de Ávila y Santa Catalina de Siena, en 1970, con Pablo VI, y Santa Teresita del Niño Jesús, en 1997, con San Juan Pablo II. Cuatro mujeres, cuatro épocas, cuatro maneras distintas de decirnos que Dios habla también por boca femenina. Y es una alegría que este octubre, apenas pasada la fiesta de Santa Teresa de Ávila, recordemos a su hermana alemana.
UN CORAZÓN QUE SE TRANSFORMAEsta columna se llama Cardiomorfósis porque creo en el corazón que se transforma. Eso hizo Hildegarda, dejó que Dios le cambiara el corazón y, con él, la vida entera. Y mientras la recordamos, pienso en tantas mujeres de nuestra tierra, las madres, las abuelas, las catequistas, las maestras, las religiosas, que sostienen la fe de nuestras familias sin salir en los libros de historia. Que el ejemplo de Hildegarda nos ayude a mirarlas con gratitud y a honrarlas como lo merecen.
Quizá por eso su vida nos interpela. Hildegarda no esperó condiciones ideales para servir: Escribió, cantó, aconsejó y predicó con lo que tenía, confiando en que Dios haría lo demás. Hoy nos toca a nosotros hacer lo mismo, cada quien, desde su lugar, dejando que el Señor nos transforme el corazón.
ORACIÓNSeñor, que hiciste de Santa Hildegarda una pluma ligera en tu aliento, haz de nuestro corazón un lugar verde donde tu Palabra dé fruto. Bendice a todas las mujeres que nos enseñan a amarte; a nuestras madres, abuelas y hermanas, a las que oran en silencio y a las que enseñan con su vida. Danos humildad para reconocer tu obra en ellas y valentía para decir sí a tu voluntad. Santa Hildegarda, doctora y maestra, ruega por nosotros. Amén.