El voto femenino en Sonora: La primera piedra

Marcó un hito en la historia de la lucha política de las mujeres, con un impacto inédito e incluyente de gran trascendencia

Por: Ricardo Aragón Pérez

El pasado 17 de octubre se conmemoró el aniversario número 73 del reconocimiento del derecho de las mujeres a votar y ser votadas en los procesos comiciales de facturación federal

Ese hecho, en resumidas cuentas, marcó un hito en la historia de la lucha política de las mujeres, con un impacto inédito e incluyente de gran trascendencia, tanto que, hoy por hoy, una mujer, Claudia Sheibaum Pardo, ocupa la silla presidencial, después de que fuera ocupada por su contraparte de género durante 200 años.

Pero cómo se dio ese paso democratizador, qué camino llevó hasta ese punto y quiénes fueron sus principales promotores, cuyas ideas, iniciativas y presiones favorecieron el empoderamiento femenino, con énfasis en la ciudadanía plena y en su inclusión como sujeto de derechos político-electorales, un sueño hecho realidad a fuerza de un activismo político de mujeres y a contrapelo de una dominante casta política antifeminista.

Hacia la década de 1920, soplaban con más fuerza aires de cambio en no pocas mentes femeninas. En Yucatán, por ejemplo, destacaba un movimiento protagonizado por mujeres de ideas sufragistas, que exigían con fervor el reconocimiento al derecho al votar femenino.

Para eso, unos años antes, organizaron dos congresos deliberativos, en los que analizaron y discutieron, con un tono reivindicativo, una agenda con orientación feminista, que ponía el foco en los derechos sociales y políticos, con marcado énfasis en el voto femenino.

Posteriormente, hubo mujeres que tomaron calles y plazas para realizaron procesiones cívicas, mítines políticos y hasta huelgas de hambre; incluso algunas de ellas se postularon como candidatas a cargos políticos.

Otras defendían la misma bandera política desde la prensa, donde hacía causa común con las sufragistas. También organizaron bloques políticos, se adhirieron a partidos y apoyaron campañas de candidatos presidenciales, a cambio de la promesa de garantizar el derecho a votar y ser votada, así como incluirlas en cargos públicos.

Las voces de aquellas mujeres pioneras en la lucha por el sufragio femenino llegó a oídos de algunas mujeres sonorenses, entre ellas Emélida Carrillo, una mujer medianamente instruida, valiente y de buen talante, quien no sólo vio con buenos ojos aquella inconformidad, también la tomó como su bandera de lucha.

Por consiguiente, se abocó a defenderla a título personal, mediante peticiones escritas al Congreso del Estado, en las que pedía a los diputados en funciones reconocer mediante ley el voto comicial femenino.

Pero ¿quién era Emélida Carrillo? Ella fue una de las muchas mujeres que ingresaron al magisterio justo en los años postreros de la revolución. Se desempeñaba en una escuela de párvulos, en la ciudad fronteriza de Nogales. Tenía ideas liberales y hondas inquietudes demócratas, como otras tantas colegas contemporáneas, entre ellas Enrique Montaño y Amalía González Caballero, ambas profesoras de primaria y militantes de lucha por el voto feminista,

Carrillo creía que no era justo que sólo los hombres tuvieran derecho de votar, ser votados y hasta ocupar cargos públicos, mientras ellas eran ninguneadas, excluidas y privadas de esas prerrogativas civiles, ganadas a sangre y fuego por la revolución armada, a la que sirvieron en diferentes frentes rebeldes, aportaron su propio contingente y hasta pagaron su propia cuota de sangre.

En 1925, 28 años antes de que se estableciera legalmente el voto femenino, la profesora Carrillo dejó por un momento de enseñar el alfabetos a sus pupilos, para escribir una carta a los diputados locales y pedirles por esa vía que reformaran la constitución política del estado.

Esencialmente pedía a los legisladores a que reconocieran el derecho de las mujeres, de 21 años arriba, a votar y ser votadas, tal como ocurría con sus pares de género opuesto, pero lamentablemente su petición se estrelló con la negativa de un congreso dominado por una clase política con mentalidad machista.

Pero esa rotunda negativa no fue más que la derrota de una partida, ya su lucha no paró ahí. Otras sufragistas seguían en pie de lucha, como su colega y coterránea Enriqueta Montaño, mejor conocida como Enriqueta de Parodi, quien no sólo hacía causa común con la lucha feminista y metía las manos por la superación cultural de sus pares de género, sino también se asumió como fiel portavoz de sus compañeras de batalla, dando seguimiento puntual al curso que tomaba el movimiento sufragista, registrando sus pasos y visibilizándolos a través de sus columnas periodísticas.

Así, tanto la educadora Emélida Carrillo como la profesora Enriqueta Montaño fueron parte de aquella generación de mujeres sufragistas que llevan en su haber el mérito de precursoras del voto femenino, cuya primera piedra tocó a ellas colocar desde una etapa muy temprana, cuando la sociedad y sus leyes civiles se rehusaban a reconocer la ciudadanía femenina.